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Historias de café y del teso

De la hoja masticada al bambú reusable

Según distintas fuentes, entre 300 y 500 billones (un billón=un millón de millones) de envases, tazas, mugs o cups de plástico usadas inconscientemente en muchas máquinas de vending, muchos locales que sirven Cofee To Go, café para llevar, Eramateko Kafea o Take Away Coffee acaban anualmente en los vertederos de basuras del planeta. O peor aún, en los mares, formando esa espectacular (por lo que tiene de letal y repugnante) isla de basura ese ‘remolino de desperdicios’ que, inmenso, flota  atrapado en las corrientes del giro oceánico del Pacífico Norte. Gigantesca y, a no olvidarlo, mortífera pues acaba con miles de vidas marinas.

Microfragmentos monstruosos a pesar de su tamaño, muchas veces inferior al de un grano de arroz.
Los verdaderos amantes del café, por serlo, amamos la Naturaleza donde nace, se cultiva, recoge, seca, fermenta, se calibra, se tuesta y se convierte en esa bebida que nos da empuje y nos reconforta el ánimo. Por tanto, por simple amor al café, miles de diseñadores, de tostadores, de productores, de bebedores de ese líquido que se ha enseñoreado de tierras magníficas desde América Central a Java, de Vietnam a Brasil, de África Toda hasta de más de un huerto urbano donde siempre habrá un hueco para un cafeto adaptado a los aires cantábricos, se han empeñado, nos hemos empeñado, en que el placer, tan cinematográfico, de llevarte ‘puesto’ un buen espresso, un ‘americano’, un infusionado de Indonesia o un capuccino tres colores espolvoreado con virutas de chocolate no dañe el jardín, la plaza, la bahía donde vamos a tomárnoslo y el vaso, mug o cup no acabe convirtiéndose en humo negro expulsado por la chimenea de ninguna incineradora.

Ha sido, está siendo, un largo proceso de investigación, de pruebas, de ensayo/error y vuelta. También de pura serendipia, ese arte de ir a buscar algo y encontrar otra cosa. Hoy por hoy, los vasos negros con la silueta de nuestro maestro cafetero silueteada en blanco mínimal proceden de árboles plantados en tierras que no son desvastadas forestalmente. Los agitadores con los que removemos la crema de un macchiato son de abedul blanco y nadie ha dicho que tengamos que dejar de lado el placer de beber con pajita un avainillado con caramelo porque las llamadas ‘cañitas’ son de papel de estraza, el de las bolsas de las tiendas de comestibles de antes (y, de nuevo, de las modernas y ‘trendy’) reciclables y compostables.
Pero hay más. Si en Australia (allá, por cierto, empezó prácticamente la revolución del ‘Café de Especialidad’ existen recipientes creados a partir de la mismísima cáscara del fruto donde se origina nuestra bebida amada, nuestro maestro cafetero zumbón tocado con un panamá auténtico y siempre elegante en sus pantalones blancos y chaqueta azul ha optado por la Ecoffee cup, un recipiente hecho allá por el norte de Europa, en Estocolmo. Sucedió que en 2014 unos cuantos emprendedores se dieron cuenta de que se cumplían entonces 30 años del lanzamiento del vaso de plástico desechable. Y descubrieron que desde entonces habíamos usado (y malgastado) tres trillones ( 3,000,000,000,000) de ellos. Pasaron a la acción para aplanar la curva de esa cifra brutal.
Ecoffee cup está hecho de bambú (la comida preferida de oso panda) y de almidón de maíz. El aglutinante utilizado es, también, vegetal.
Uno de esos vasos reusables, recargables, que mantienen el calor o el frío de tu bebida ha de ser, de ahora en adelante, uno de los objetos a llevar en la mochila, el bolso o la cartera de ejecutiva. Entre otras cosas porque, por solidario y sostenible, tienes un descuento cada vez que lo rellenas.

Hasta aquí hemos llegado. Desde aquellos primeros cafeinómanos que masticaban los granos y mascaban la hoja de la planta como lo hacen en los países andinos con la sagrada coca que ayuda a resistir las alturas tremendas de esas tierras. Desde las primeras y hermosísimas tazas de porcelana de los antiquísimo cafés egipcios. Desde las increíbles fincan del café turco (preparado en pote de cobre con asa de madera). Son esas fincan tan pequeñas como los cuencos de bog donde se toma el buen sake. No tienen por dónde agarrarlas, así que se suelen introducir en un envase de metal primorosamente trabajado. Ese pocillo hermoso si tiene asa y cogiéndola se disfruta serenamente, en charla interminable, del líquido otomano, casi harinoso y lleno de matices.
Desde los tazones de latón u hojalata de los vaqueros del Lejano Oeste que preparaban su café en olla y tiraban dentro una herradura para saber si estaba ya listo o no. Si se hundía, era que sí. El café vaquero se acompañaba de… fríjoles y whisky de centeno. Más tabaco. Para mascar
El café (en vaso de plástico, nadie es perfecto y en aquel 1961, el plástico era el mejor invento del siglo XX…) que Audrey Hepburn se tomaba delante de Tiffany& Co en Desayuno con diamantes. EL buen café (‘de gourmet’) que prueba Vincent en la Pulp Fiction de Tarantino y los demás…

Desde esos momentos a las aún no solventadas y muy bizantinas discusiones de si en cerámica o en cristal (este último material es el ideal para disfrutar de los cafés tricolores, del irlandés o del escocés). Hasta se pelean los entendidos por si el color del recipiente interfiere en nuestras sensaciones de sabor (lo hace, sí)…

Hasta aquí hemos llegado. Pero como en Toy Story, la idea es alcanzar el infinito y más allá Hay compañías que en esos vasos naturales están escondiendo semillas de plantas locales. Cuando dejes de usarlos, los entierras y en 180 días, nace un ser vivo vegetal que crece y se expande. Reducir (el uso). Reutilizar. Cultivar…
Hasta el infinito y más allá. Mi café, mi taza de bambú. Mi planeta

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Begoña del Teso

Begoña del Teso

Comentarista de Cine. Entrevistadora. Reportera.
Fan fatal de los vampiros, las motos y el café.

Vaso de Bambú reutilizable